
Cuando te cansabas de la tuya, te gustaba espiar las historias de amor ajenas. Siempre como un mero observador, sin interferir. Pasabas las horas muertas deslizándote como una sombra por las páginas de sus vidas, siguiendo la pista que dejaban los trocitos de los corazones rotos a su paso. Adorabas recoger cada pieza del puzzle y ponerla en su sitio, ver cosas que ni ellos sabían que sentían.
A veces, si te encontrabas con fuerza, incluso te atrevías a inmiscuirte lo suficiente como para ponerte en su lugar. En esas veces en las que hacías tuyas sus palabras, el corazón se te encogía, o se te salía del pecho. Siempre los entendías mejor de esa forma. Y siempre dolía.
A veces, si te encontrabas con fuerza, incluso te atrevías a inmiscuirte lo suficiente como para ponerte en su lugar. En esas veces en las que hacías tuyas sus palabras, el corazón se te encogía, o se te salía del pecho. Siempre los entendías mejor de esa forma. Y siempre dolía.
Clasificabas las historias, las personas, los amantes, las etapas. Tenías predilección por las recién nacidas, que no habían acabado de abrir los ojos pero ya querían caminar. Te reías cuando caían en los tópicos de siempre, cuando la atracción era obvia pero ninguna de las partes se daba cuenta. Como tampoco se daban cuenta de que tú seguías cada movimiento, cada giro de la trama, cada vuelta del guión. Pero tú, tú siempre te dabas cuenta. Tenías una especie de don para estas cosas. Las coleccionabas en un álbum junto con las mil historias más en las que habías sido turista silencioso.
Aunque tus favoritas siempre serían las que ya se habían acabado. Porque si algo te había enseñado tu largo historial como espía, es que nunca se acaban del todo.
Incluso alguna vez llegaste a saltar de las gradas para conocer a los protagonistas, meterte en sus vidas sin que se enteraran, intentar curarles las heridas poquito a poco.
Foto: Multitud en Mockba.


No hay comentarios:
Publicar un comentario