Vino sin avisar, como todas las cosas que vienen para quedarse.
En forma de imprevisto casual, de visitante transitorio -esos a los que estaba empezando a acostumbrarme-. No lo di importancia. Algo mas con lo que alegrar abril, rellenar alguna tarde vacía a lo sumo.
Pero desaparecería.
Solo era una errata, una mancha de café en mi historial. Algo que no recordaría en dos meses.
Y yo solo era un cruce de caminos y mis tardes estaban demasiado vacías para cualquiera.
Sin embargo vino sin avisar. De puntillas. Quizás incluso sin querer. Si hubiera llamado a la puerta, si alguien me hubiera advertido, si no tuviera la jodida manía de regalar oportunidades como si me sobraran, puede ni siquiera se hubiese presentado. Pero soy un reclamo para los tropiezos, la favorita de los desengaños, la ingenuidad en persona. Me paso media vida sobre las nubes y la otra mitad con el corazón por delante y la conciencia por detrás.
Pasen y vean, aún queda alguien con una pizca de fe en la humanidad. Extremadamente frágil, absténganse incrédulos, pesimistas e insensibles. Y por favor, notifiquen su asistencia. Prohibido terminantemente aparecer de la nada, robarme el aliento y quedárselo para jugar a empañar los cristales.
Sobre todo, no te vayas.


A veces pienso que si se piensan mucho las cosas se estropean. Creo que los momentos más felices de la vida son los que no te esperas. Las sorpresas.
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Yo espero que siempre que llegue, sea sin avisar.
ResponderEliminar=)