Los chistes malos. A partir del diecinueve de cada mes siempre pasa algo y todas las 23:23 son especiales. El esmalte descuidado combina con los mechones sueltos y los cordones desatados. Eyeliner corrido y sábanas llovidas sólo a partir de las 00:00, el brillo en los ojos y el carmín intacto no bajan la guardia hasta cruzar el portal. Pegar la nariz a la cafetera. Tumbarse boca abajo en el sofá hasta sentir la sangre agolparse. La etiqueta por fuera. Discutimos con extraños sobre teología un sábado por la noche, el lado frío de la almohada. Los oídos aún rugen la mierda de canción que sonó en el último bar. Buscar en el callejón de al lado el pulso perdido anoche. Duchas de 40º C, camisetas de propaganda XXL, 70% cacao. La radio del vecino. La luz que se cuela entre las persianas, músculos agarrotados y chicles de clorofila. El primer estirón por la mañana. Enamorarse platónicamente de los personajes de un cuadro. Seguir a desconocidos. Las horas libres inesperadas, las horas que nos tomamos libremente. Llevar el verano en el pelo. Ese acorde de la canción que coincide con el verde del semáforo. Cicatrices rosadas y calcetines de platillos volantes, cuentos que escribiste con seis años ilustrados a plastidecor. Planear venganzas que sabes que no llevarás a cabo. La primera vez que echaste un polvo. La primera vez que hiciste el amor. Creer que el tiempo no pasa si no miras la hora. El perfume que asocian contigo y que te resistes a jubilar. La satisfacción idiota al encontrar calderilla debajo de un cojín. Motas de polvo que te hacen plantearte cuestiones terriblemente t r a s c e n d e n t a l e s. La fórmula química del enamoramiento adolescente. El día en que descubriste que el ratoncito Pérez no existía fue el mismo día que dejaste de creer en Dios. Preliminares de media hora. Conocer las coordenadas exactas de su lunar. A veces te levantas a las siete un sábado, porque madrugar sabiendo que no tienes que hacerlo es distinto. El olor a maría a las 8:27 en la entrada de tu instituto. El orgullo de arreglar el PC sin tener ni idea, el orgullo de prepararte la cena sin tener ni idea, el orgullo de que te quieran sin tener ni idea -del motivo-. Reírse con y no de. La música de antes de que tus padres nacieran. Ser maravillosamente vulgar. Insomnios dulces. Nervios dulces. Nervios angustiosos. Que no te pidan garantías. No necesitarlas. Ser instantáneamente. Desaparecer sin avisar para encontrarse de nuevo. Todos hemos prometido la luna más de una vez, y puede que quisiéramos bajarla verdaderamente todas esas veces. Él es mi hoy, su ayer fue suyo, y mañana será con quien quiera ser. Verdades reveladoras asaltándote un miércoles a las 4:00 a.m: No pertenecemos a nadie, ni siquiera a nosotros mismos.
Amar lo que no logras entender, lo que siempre logra sorprenderte. Ser imprevisible como una meta de tu realización personal, cualidades en peligro de extinción. Tu canción favorita en directo coreada por personas que se convierten en tu familia por hora y media. El olor a canela detrás de la barra. Acentos que saben a kilómetros y segundos que se disfrazan de horas. No creía lo de que el frío fuese psicológico hasta que empecé a sentirlo en mi cama a temperaturas de 30º. Fascinación e x t r a ñ a por la sinestesia. Llorar tocando el piano. Tratar de viajar astralmente después del tercer cubata. Los álbumes viejos. Congelar momentos y no hacer fotografías. Lo extraordinario. Ser feliz en periodos variables de tiempo. Cal y arena.
Hasta que duela, hasta perder el sentido, hasta que asuste, con las manos, la mente y el corazón, vivirlo intensamente mientras exista.
Ser agridulce. La gente que ronda los veinte y sigue haciendo equilibrismo en los bordillos. Nacer y morir todos los días. No perder el tiempo. No tener remedio.



El día en que descubriste que el ratoncito Pérez no existía fue el mismo día que dejaste de creer en Dios.
ResponderEliminarMe encantó esto.
Tere, me has encantado.
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