Se hace a base de dobles negaciones y culmina el fraude con el que sueñan todos los timadores. Piensa un trabalenguas en que consonantes desollen lenguas y ahogadas vocales pugnen por abrirse paso, las sílabas hacen fila en la guillotina de sus dientes. Jamás podrían invocarla sin dolor cuando el camino es impronunciable. Así siembra el pánico entre sus palabras y ni una de más ve la luz. Ningún pensamiento se hace letra, sonido o mirada. Flotan suspendidos en la atmósfera viciada del subconsciente, cubiertos de polvo y ceniza, golpeándose contra el prisma de sus ojos como insectos aturdidos tras la ventana.
Basta un leve roce y memoria e invención colisionan para desatar el caos –una impertinente semifusa de estruendo- creando conexiones imposibles que anudan recuerdos con certezas desterradas a la velocidad del rayo. Todo lo escondido bajo siete candados clama su revolución contra el olvido, y es entonces inútil tratar de distinguir venganza o realidad. Pero se limita a hacer malabares con el control, escondiéndolo, jugando a haberlo perdido, dejándose mecer por la incertidumbre y acunándose en la ambigüedad que tantas veces le muerde la mano. Se enorgullece de su odio y se entrega al amor con intensidad frenética de la demencia y de aquellos que saben no poseer nada en absoluto (esos para los que mañana está por decidirse).
Después regresan la cuadrícula y el calendario, el bien y el mal de diccionario. Recoge sus prisas y los estragos correspondientes hasta la próxima vez, bajo llave en un desorden riguroso. Volverá a abandonarlos, volverán el polvo y el teatro.
Si es lobo con piel de cordero o cordero con piel de lobo ya nadie acierta a adivinarlo.



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